lunes 22 de noviembre de 2010

Pecado venial

Johnny Cash canta sirviéndose de la voz de alguien al que Johnny Cash ya casi no le sirve de nada y, mientras tanto, allí abajo, una inmensidad de agua pretende ser el Sena; pero parece que lo más que consigue es desembocar en un cielo tan gris y espeso como ella misma. Yo miro hacia el suelo y recuerdo cuando creía tener fuerza suficiente como para detener este tren si me lo propusiera. Ahora sé que no podría, de ninguna de las maneras, y me asomo al desolador pensamiento de que quizás nunca pude.

Yo soy el mimso que escribió la semana pasada:

Por qué es eterna
- Si quisiera podría parar el viento.
- A ver.
- Ahí lo tienes, ya no se mueve.
Ahora puedes hablar de los adornos dorados de los tiradores o incluso de la avaricia humana que hace que sólo te quiera para mí.
- ¡Pero sólo has cerrado la ventana!


Y pensaba sobre una suerte de teoría (por no encontrar otra palabra menos pretenciosa) de la narración como una linterna. Una linterna que alumbra lo que quiere y cuando quiere el narrador: una linterna que te permitiría contar una tierna historia de amor entre dos individuos sentados en el suelo y cogidos de la mano y, sólo en el último momento, aclarar que estaban rodeados de ratas aterrorizadas por la visión de gusanos que andan hacia atrás.
Soy también el mismo que hace muchos años pensaba en los enlaces covalentes entre los átomos para olvidar de una vez aquella intervención inoportuna que provocó su mirada de desprecio. Sin embargo, ahora miro a mis manos y son tan grises como las del hombre que viaja a mi lado y las de la mujer de enfrente.
Soy el mismo que temía al éxito fácil por si éste me alejaba del éxito verdadero. Ahora veo al fracaso con tanta vergüenza que ninguna estructura molecular o formación de galaxia me permite dormir sin tener que levantarme constantemente a beber agua.

martes 26 de octubre de 2010

Le cambio el nombre y suspendo el blog de manera oficial e indefinida.

domingo 10 de octubre de 2010

3.1

"Siéntese". La habitación era sencilla. Lo que tuviera de ornamental estaba, en todo caso, impregnado de clasicismo. Se sentó en la mesa central. No se dio cuenta hasta entonces de lo bien que olía. Los tres hombres tomaron asiento en las tres sillas que quedaban libres y, así, cada uno de los presentes ocupó un lado de la mesa.

"¿Estás cómodo?" Él asintió y acompañó el gesto con una murmuración afirmativa. Hubo un momento de silencio que le sirvió para ver mejor la habitación. Había cuatro puertas: por la que habían entrado y tres más, una a la espalda de cada uno de los hombres que le recibieron.

"Pues no hay mucho que decir. Nada tiene que inquietarte. Nosotros nos iremos en unos minutos. Tú puedes volver por donde has venido, si lo deseas; o salir por la puerta que tengo a mis espaldas. También puedes irte por la de allí" y señaló a la que el conocido del desconocido tenía a la derecha. "O, si lo prefieres, puedes quedarte aquí todo el tiempo que quieras." Otra brisa de buen olor le inundó. "Lo único destacable es que si cruzas esa puerta" y señaló a la de la izquierda "morirás".

De nuevo, estuvieron un tiempo sin hablar. Por fin, el conocido del desconocido se atrevió a decir: "¿pero va a venir ella?"
- Sí. Vendrá cuando nosotros nos hayamos ido.

3

El desconocido se dirige hacia mi puerta, pero yo sólo soy testigo de su mente. Sorprendentemente, él no está pensando en mí, sino en algo que le ocurrió a alguien que conoció hace tiempo.
Ese alguien caminaba en línea recta, pero no lo hacía de manera automática (como es habitual), sino que meditaba cada paso que daba; en parte porque llevaba zapatos nuevos pero, también, por ser aquélla la primera vez que recorría esa calle. Era desconocida para él, por lo demás, era bonita y limpia. La calle no tenía salida: acababa en la fachada de una casa con una puerta de color azul oscuro y brillante. El conocido del desconocido redujo la marcha hasta quedar detenido ante la puerta. Miró el marco blanco que la rodeaba, en el que el reflejo de luz dejaba claro que estaba atardeciendo. Quizás buscara el timbre, no lo había. Cuando, por fin, se decidió a tocar, la puerta se abrió antes de que pudiera hacerlo.
Dos hombres salieron y se colocaron a ambos lados de la puerta mirando al conocido del desconocido. Un tercero quedó frente a él, con los dedos de ambas manos entrelazados a la altura de la cintura. Los separó para decir: "pase, hombre, no se quede ahí".

sábado 9 de octubre de 2010

2

Me levanto y lo miro. ¿Por qué había venido? ¿Quién era? En uno de los bolsillos de los pantalones, hallo su cartera. Miro su documento de identidad. Qué tontería, ¿para qué me sirve saber quién era? ¿Qué me importa un nombre?
Guardo la billetera y me dispongo a salir. Entonces, no sé por qué, el camino que recorro deja poco a poco de ser mío. Empiezo a sentir el camino inverso, el del desconocido. Estoy confuso, o es el quien lo está. Empiezo a ser el desconocido acercándome a la puerta. Me da miedo dejar mi cuerpo atrás, temo que sea para siempre. Pero el miedo se disipa tan pronto como dejo de ser su dueño. Soy el desconocido. No. No lo soy. No soy dueño de su cuerpo, ni siquiera de su tiempo. Pero siento su mente y me estoy dirigiendo a mi puerta. Curiosamente, en ese momento, no estoy pensando nada relacionado conmigo.

miércoles 22 de septiembre de 2010

1.1

No tengo zapatos, pienso, no puedo salir así (porque, en ese momento, nada me parece más evidente que el hecho de que tengo que salir de allí). No me queda otra opción que arrastrar el cuerpo hacia el interior de la habitación y buscar calzado. Mientras me ato los cordones del primer zapato, miro fijamente al cuerpo inerte que se desparrama sobre el suelo de la habitación. ¿Por qué está allí?
Pienso en muchas opciones y lo hago de manera rápida y algo atropellada, pero sin perder mi gusto por la clasificación. De tal modo, primero analizo la idea de que el desconocido no haya venido por propia voluntad, sino enviado por alguien. Se me hace muy difícil concebir que aceptara hacer cualquier tipo de recado teniendo en cuenta que lo iban a matar. Entonces se desarrolla en mi mente, por unos segundos, una historia peliculera en la que el desconocido escuchaba de boca del líder de una banda palabras parecidas a éstas: "Tú vas a morir, no le des más vueltas. Haz lo que te pedimos si no quieres que también mueran ellos", señalando a su esposa e hijo.
El que la idea de venir a verme saliera de él mismo no es menos rocambolesco. Es normal que quiera dejar todo claro antes de partir a donde quiera que se vaya, pero me parece raro que gaste sus últimos esfuerzos agónicos en hacérmelo saber a mí y no a alguien que pudiera hacer algo contra mí.
A no ser que consiguiera hacer ambas cosas, en cuyo caso, debía darme prisa atándome los cordones del segundo zapato.

1

Llevaba varios minutos tumbado sobre la cama. Uno de mis brazos sobresalía del colchón y colgaba; tenía los ojos abiertos, pero no estaba mirando nada. En mi mente, jugaba a descomponer en planos mi habitación. Me imaginaba a todas las superficies que me rodeaban separándose e individualizándose. Yo creía flotar con ellas. Así llegué a la conclusión de que todas las superficies horizontales (la madera superior de la mesita, la de la mesa, las baldas de las estanterías,...) tenían una utilidad inmediata, obvia; mientras que las maderas verticales desempeñaban un papel meramente sustentatorio o, en el mejor de los casos, ornamental.
Cuando ya había asumido este sistema de clases entre las superficies de la habitación, la puerta sonó con firmeza tirando por tierra mis teorías. Me incorporé con una prestreza aceptable, si tenemos en cuenta mi estado anterior, y fui a abrir. Ante mis ojos apareció un perfecto desconocido. Como es lógico, le tendí una mano abierta a la espera de una presentación. Él, sin embargo, sólo extendió uno de sus dedos y lo utilizó para señalar (primero a mí y luego a él mismo) mientras decía: "tú me has matado". Cuando su dedo (el índice, no estaba para innovaciones) le señaló, pude ver un orificio sangrante en el pecho. Instantes después, se desplomó hacia mí y apenas pude suavizar su caída.

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