Johnny Cash canta sirviéndose de la voz de alguien al que Johnny Cash ya casi no le sirve de nada y, mientras tanto, allí abajo, una inmensidad de agua pretende ser el Sena; pero parece que lo más que consigue es desembocar en un cielo tan gris y espeso como ella misma. Yo miro hacia el suelo y recuerdo cuando creía tener fuerza suficiente como para detener este tren si me lo propusiera. Ahora sé que no podría, de ninguna de las maneras, y me asomo al desolador pensamiento de que quizás nunca pude.
Yo soy el mimso que escribió la semana pasada:
Por qué es eterna
- Si quisiera podría parar el viento.
- A ver.
- Ahí lo tienes, ya no se mueve.
Ahora puedes hablar de los adornos dorados de los tiradores o incluso de la avaricia humana que hace que sólo te quiera para mí.
- ¡Pero sólo has cerrado la ventana!
Y pensaba sobre una suerte de teoría (por no encontrar otra palabra menos pretenciosa) de la narración como una linterna. Una linterna que alumbra lo que quiere y cuando quiere el narrador: una linterna que te permitiría contar una tierna historia de amor entre dos individuos sentados en el suelo y cogidos de la mano y, sólo en el último momento, aclarar que estaban rodeados de ratas aterrorizadas por la visión de gusanos que andan hacia atrás.
Soy también el mismo que hace muchos años pensaba en los enlaces covalentes entre los átomos para olvidar de una vez aquella intervención inoportuna que provocó su mirada de desprecio. Sin embargo, ahora miro a mis manos y son tan grises como las del hombre que viaja a mi lado y las de la mujer de enfrente.
Soy el mismo que temía al éxito fácil por si éste me alejaba del éxito verdadero. Ahora veo al fracaso con tanta vergüenza que ninguna estructura molecular o formación de galaxia me permite dormir sin tener que levantarme constantemente a beber agua.