miércoles 2 de diciembre de 2009
domingo 22 de noviembre de 2009
- Oye, siempre te beso en la misma mejilla, pero no creas por eso que no me gusta la otra - dijo ella agitando las pestañas.
Él envolvió con sus manos las de ella (mucho más delicadas y pequeñas); le sonrió, se detuvo un instante a contemplar sus labios carnosos y femeninos y dijo:
- Soy tan feliz a tu lado, cariño. Nunca te dejaría: eres como la novia que nunca tuve.
Él envolvió con sus manos las de ella (mucho más delicadas y pequeñas); le sonrió, se detuvo un instante a contemplar sus labios carnosos y femeninos y dijo:
- Soy tan feliz a tu lado, cariño. Nunca te dejaría: eres como la novia que nunca tuve.
Fíate tú
- Esta pasta de dientes es la que mejor huele del mundo.
- La que mejor huele para ti, dirás.
- Es lo mismo.
- ¿Qué pasa? ¿El resto de la gente no cuenta?
- Mira, soy la única persona de la cual diría, con absoluta certeza, que puede percibir olores. Del resto, lo más que sé es que dicen que pueden oler.
- La que mejor huele para ti, dirás.
- Es lo mismo.
- ¿Qué pasa? ¿El resto de la gente no cuenta?
- Mira, soy la única persona de la cual diría, con absoluta certeza, que puede percibir olores. Del resto, lo más que sé es que dicen que pueden oler.
jueves 12 de noviembre de 2009
- Era estúpido pensar que unos ojos pudieran cambiarlo todo.
- Pero, ¿de qué estás hablando ahora?
- De que volví a engañarme, otra vez lo mismo. Sólo por ver algo bello…
- ¿Qué momento es este para hablar de mis ojos? ¿Soy la única que se da cuenta de que vamos a morir los dos?
- ¿Soy el único al que no le importa?
- Claro que sí.
- ¿Ves? Ahí está el problema.
Ella miró hacia abajo mordiéndose al tiempo el labio inferior. Al poco, decidió hablar.
- ¿Y va a resultar que todo es culpa de mis ojos?
- No. También están tus pestañas, que son inmensas.
- Oh, por favor… - respondió con desdén.
- Es la verdad.
- ¿Entonces estás diciendo que sólo te enamoraste de mí por mis ojos? Por unos ojos bellos.
- Sí. – dijo él asintiendo.
- Bellos y vacíos.
Él se llevó la mano a la cabeza para rascarse la cabellera y decir:
- No es que estén vacíos; están llenos, pero de cosas que no me interesan.
Ella no pudo evitar resoplar:
- Tú sabrás, pero hasta hace bien poco decías que me querías.
- Y te quería, vaya que si te quería. Nunca lo negaré, el que todos amemos equivocados no quiere decir que no amemos. El tema es que te quería, es cierto, pero no por lo que eras sino por lo que me habría gustado que fueras.
Ella levantó sus pupilas y dibujó una mueca con los ojos casi en blanco. Él concluyó:
- Por lo que quería que fueras.
- Es increíble. Fíjate en lo que me estás diciendo mientras estamos aquí, a punto de morir y, encima, por una situación que tú provocaste.
- Oh, genial – dijo él con teatralidad – muy bonito, échame la culpa de todo. Consigues darme más argumentos cada vez que hablas. Harías bien en cederle esos ojos a alguien que bien los mereciera.
- Pero, ¿de qué estás hablando ahora?
- De que volví a engañarme, otra vez lo mismo. Sólo por ver algo bello…
- ¿Qué momento es este para hablar de mis ojos? ¿Soy la única que se da cuenta de que vamos a morir los dos?
- ¿Soy el único al que no le importa?
- Claro que sí.
- ¿Ves? Ahí está el problema.
Ella miró hacia abajo mordiéndose al tiempo el labio inferior. Al poco, decidió hablar.
- ¿Y va a resultar que todo es culpa de mis ojos?
- No. También están tus pestañas, que son inmensas.
- Oh, por favor… - respondió con desdén.
- Es la verdad.
- ¿Entonces estás diciendo que sólo te enamoraste de mí por mis ojos? Por unos ojos bellos.
- Sí. – dijo él asintiendo.
- Bellos y vacíos.
Él se llevó la mano a la cabeza para rascarse la cabellera y decir:
- No es que estén vacíos; están llenos, pero de cosas que no me interesan.
Ella no pudo evitar resoplar:
- Tú sabrás, pero hasta hace bien poco decías que me querías.
- Y te quería, vaya que si te quería. Nunca lo negaré, el que todos amemos equivocados no quiere decir que no amemos. El tema es que te quería, es cierto, pero no por lo que eras sino por lo que me habría gustado que fueras.
Ella levantó sus pupilas y dibujó una mueca con los ojos casi en blanco. Él concluyó:
- Por lo que quería que fueras.
- Es increíble. Fíjate en lo que me estás diciendo mientras estamos aquí, a punto de morir y, encima, por una situación que tú provocaste.
- Oh, genial – dijo él con teatralidad – muy bonito, échame la culpa de todo. Consigues darme más argumentos cada vez que hablas. Harías bien en cederle esos ojos a alguien que bien los mereciera.
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